sábado, 6 de agosto de 2016

Las Pruebas Nos Forman



“Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis; he aquí que vuestro Dios viene con retribución, con pago; Dios mismo vendrá, y os salvará”. (Isaías 35:4)


La vida no es nada fácil y, por lo tanto, debemos aprender a luchar para alcanzar los deseos del corazón. Esta fue una de las tantas enseñanzas que Jesús dio a sus discípulos para que se fortalecieran en momentos de lucha, al enfrentarse a persecuciones que no podrían evitar por el hecho de ser seguidores y enseñadores de su Palabra; él les dijo: «En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.» (Juan 16:33b).
Con estas palabras de aliento, los impulsaba a seguir adelante en la misión delegada, pues nunca quedarían solos. Hoy como cualquier hijo de Dios comprometido con Él, usted no está excluido de enfrentarse a fuerzas hostiles que atacan en cualquier momento. Actualmente, esas mismas palabras: «No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo» (Juan 14:27b), siguen sonando no sólo en nuestros oídos, sino que llegan a cada corazón con tanta intensidad, que nada puede ahogar estas palabras de aliento, las cuales confirman que no estamos solos.
El gozo de vivir enlazados con Cristo nos hace superar las crisis, sacándonos victoriosos al otro lado, y poniéndonos a salvo. La confianza y seguridad vienen de una firme relación con Jesucristo, quien vive en nuestros corazones. Él nos ayuda a navegar por los mares turbulentos de la vida, sin naufragar.

Dios, nuestro creador, no nos hizo para vivir con un corazón apocado, ni manos cansadas o rodillas endebles. Podemos ver cómo sus palabras nos alientan y estimulan a vivir la vida de victoria que nos ha preparado; sólo la seguridad de su amor nos hace aceptar con obediencia nuestro fin: seguirlo a Él y obedecer sus mandatos. Muchos son los cristianos que se debilitan ante la crisis o la adversidad, pero no debe ser así, puesto que solo ante Dios y ante su Poder es que debemos quebrantarnos, humillarnos, despojarnos de sí mismos para ser fortalecidos. Cuando nos arrodillamos ante Dios cobramos fuerzas y ánimo para hacerle frente a las batallas personales.

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