jueves, 3 de marzo de 2016

En manos del Alfarero Divino


“Somos como un espejo que refleja la grandeza del Señor, quien cambia nuestra vida. Gracias a la acción del Espíritu Santo en nosotros, cada vez nos parecemos más a él” 2 Corintios 3:18 

Desde el día que invitamos a Cristo comenzó un plan de transformación en nuestra vida, cuyo propósito es llegar a ser como Cristo (Efesios 4:13). La vida del hijo de Dios se desarrolla en una gloria creciente, es decir de victoria en victoria, por eso es que el Señor quiere llevarnos a desafíos más grandes. Pero para esto ha de encontrarnos siempre dispuestos.
Muchas de las cosas que llegan a nuestra vida, que pueden incomodarnos y molestarnos, no deberían angustiarnos ni afligirnos, pues por lo general son el método de Dios para que crezcamos en el camino de la perfección. Dios está más interesado en la formación de nuestro carácter lo cual incluye nuestra manera de vivir, de conducirnos en la vida, el testimonio que estamos dando, etc., que en quitar aquella situación irritante. Al estilo de las águilas, usará muchas situaciones que nos incomodarán en el “nido”, hasta que finalmente nos atrevamos a elevarnos, extendamos nuestras alas y nos demos cuenta que podemos volar muy alto como hijos de rey, y no que pasemos la vida con la cabeza agachada sobre la tierra.
Así como nunca nos atrevemos a pensar que la madre águila desea el mal para sus aguiluchos, sino por el contrario, admiramos su sabiduría para enseñarlos a volar, así debemos reconocer que el tratamiento de Dios es amoroso, buscando que cada vez tengamos más excelencia en lo que somos, en lo que hacemos y en lo que tenemos, hasta que reflejemos la misma imagen de su Hijo amado, hasta que lleguemos a ser como Él.
Pero ¿cómo ocurre este proceso? A través de su Espíritu Santo, quien vino a glorificar a Cristo y a darnos una vida abundante. Él tiene una obra específica qué hacer en nuestra vida y a través de nosotros, que dará como resultado la misma vida de Cristo en mí. Es decir, todo su amor, su paz, su poder, su gracia, en mí, y a través de mí. Esto se conoce como la plenitud de la unción del Espíritu Santo. No significa recibir más de él, sino entregarle más de nosotros. Al rendirle absolutamente todo nuestro ser en una obediencia perfecta a su voluntad, Él tiene mayor libertad en obrar en y a través de nuestra vida, con el fin de exaltar y glorificar a Cristo.

Muchos me comunican sus inquietudes acerca de lo difícil que les parece vivir de acuerdo a este maravilloso plan: ser como Cristo. Yo les digo que no es imposible si momento a momento, segundo a segundo, nos aseguramos de no ser nosotros los que dirigimos nuestra vida sino Él. No podemos tener el control de todas las cosas ni asegurar nuestro bien actuar en el futuro. Lo que sí podemos asegurar es que cada paso de nuestra vida lo demos tomados de la mano de Jesús y en obediencia a su voluntad. Le invito a que lleguemos cada día en oración al taller de nuestro alfarero, allí la vasija de nuestra vida recibirá el tratamiento que necesita.

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